—¿Para alguien especial?
—Para mi hija.
Se me cerró la garganta. El expediente decía claramente: sin familia.
—No sabía que tenía una hija.
—Tengo. —Dobló la carta con cuidado—. Aunque ella no lo sepa todavía.
No entendí qué quería decir, pero no insistí. Aprendí que el señor Ferrero hablaba cuando quería y callaba cuando no.
Los meses pasaron. Sin darme cuenta, empecé a llegar antes de mi turno. Me quedaba después de las ocho horas. Le llevaba alfajores que compraba con mi plata, no con el presupuesto del geriátrico. Cuando llovía, me preocupaba si habría cerrado bien la ventana de su cuarto.
—¿Por qué sigues viniendo? —me preguntó una tarde de otoño, mientras le acomodaba las almohadas.
—Es mi trabajo —respondí automáticamente.
—Valentina. —Su voz sonó más seria de lo habitual—. No me mientas. Ya no te pagan por quedarte después de hora.
Sentí que me ardía la cara.
—Porque... no sé. Porque ya no soporto la idea de que esté solo.
Él no dijo nada, pero cuando me di vuelta para salir, escuché:
—Gracias, hija.
Se me erizó la piel. Fue la primera vez que me llamó así.
Las cartas se fueron acumulando en el cajón. Yo sabía que estaban ahí, pero nunca le pregunté qué decían.
