“Me pagaban por acompañarlo… pero terminé esperándolo por amor.” Al principio solo era un trabajo. Ocho horas diarias, cinco días a la semana, ciento veinte mil pesos al mes. Nada mal para una estudiante de enfermería que necesitaba pagar el alquiler.

 

A veces él me contaba cosas: que había sido carpintero, que le gustaba Gardel, que una vez se perdió en la estación

Retiro y tardó seis horas en encontrar la salida. Historias de una vida que nadie más parecía recordar.
—¿Nunca tuvo familia? —le pregunté un día, con cuidado.
—Tuve una esposa. Murió hace treinta años. Nunca pudimos tener hijos. —Hizo una pausa larga—. O eso creí.
—¿Cómo que lo creía?
—Uno puede tener hijos sin haberlos engendrado, Valentina. —Me miró con esos ojos grises que ahora parecían menos duros—. A veces la familia la encuentra uno, no la hereda.
No supe qué responder.
En diciembre, el señor Ferrero se enfermó. Neumonía. Lo pasaron a terapia intensiva y yo me quedé tres noches seguidas en el hospital, durmiendo en una silla incómoda del pasillo. La supervisora me dijo que estaba loca, que me iban a echar por violar el protocolo.
—Que me echen —le dije—. No lo voy a dejar solo.
Pero la madrugada del 23 de diciembre, cuando entré a verlo, ya no respiraba.
Me senté junto a él y le tomé la mano, que todavía estaba tibia.
—No te fuiste solo —susurré—. Yo estuve acá.
No lloré ahí. Lloré después, en el cuarto 307, cuando fui a buscar sus cosas.
Abrí el cajón. Las cartas seguían ahí, atadas con una cinta roja descolorida. Había un sobre encima de todas, cerrado, con mi nombre escrito en su letra temblorosa:
Para Valentina.
Lo abrí con las manos temblando.