«Querida hija:
Si estás leyendo esto, es porque finalmente me fui. No te asustes por lo de "hija". Sé que no saliste de mí, pero llegaste a mí, que es lo mismo.
Gracias por haberme acompañado. Gracias por haberme querido. Gracias por haberme dejado ser tu papá, aunque fuera solo en mi corazón.
Tuyo siempre,
Papá Ferrero.»
Me derrumbé ahí mismo, abrazando esas cartas como si fueran lo único que me quedaba de él.
Al final, es cierto: me pagaban por acompañarlo.
Pero terminé esperándolo por amor.
Y ahora, aunque él ya no está, llevo sus cartas conmigo.
En cada guardia, en cada paciente solitario que atiendo, recuerdo lo que el señor Ferrero me enseñó sin decirlo:
Que la familia no es solo la sangre.
Es también la gente que decide quedarse cuando podría irse.
La gente que te elige.
Como él me eligió a mí.
Como yo lo elegí a él.
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