Los pasillos se llenaron de risas.
Los juguetes aparecieron en cada rincón.
Las cenas dejaron de ser silenciosas.
Por primera vez en años, nuestra casa parecía un hogar.
Pasábamos las noches leyendo cuentos, construyendo torres de bloques y enseñándoles que podían sentirse seguros.
Una noche, mientras los arropaba, Mateo me hizo una pregunta que me rompió el corazón.
—¿Vas a volver mañana?
Lo abracé con fuerza.
—Siempre estaré aquí cuando despiertes.
Algo empezó a cambiar
Durante las primeras semanas todo parecía perfecto.
Hasta que Javier comenzó a comportarse de manera extraña.
Llegaba tarde.
Pasaba horas encerrado en su oficina.
Contestaba llamadas en voz baja.
Y cada vez que le preguntaba qué ocurría, respondía lo mismo:
—Solo estoy cansado.
Una noche escuché su voz desde el despacho.
Parecía angustiado.
