—Ni se te ocurra echarte atrás ahora. Ya aceptaste.
Margaret miró a la mujer a la que había recibido en su familia quince años atrás. Recordó haber pagado su hipoteca después de que el negocio de Daniel colapsara. Recordó haber cuidado de Ethan cada fin de semana para que Rebecca pudiera «descansar». Recordó a Daniel pidiéndole dinero con los mismos ojos tiernos que usaba de niño.
—Lo sabías —dijo Margaret.
La expresión de Rebecca se endureció.
—Sabía que necesitaba ayuda. Sabía que tú tenías lo que él necesitaba. Eso es lo único que importa.
—No —dijo Margaret, con la voz más firme—. Importa que mentiste.
La puerta de Daniel se abrió. Una enfermera estaba en el interior, impidiéndole levantarse.
—Mamá —dijo Daniel con voz ronca—. Por favor. No le hagas caso. Cometí errores, ¿vale? Pero sigo siendo tu hijo.
Margaret lo miró fijamente durante un largo momento.
Él no se disculpó.
No preguntó si ella estaba asustada.
Solo la miró a ella, a su cuerpo, como si fuera la última cuenta bancaria que aún no había vaciado.
Margaret se quitó el gorro quirúrgico de la cabeza.
—No voy a hacerlo hoy —dijo.
