Cheryl abrió la puerta antes de que yo pudiera siquiera llamar. No llevaba maquillaje y tenía los brazos cruzados sobre el pecho.
Pero él ya no estaba allí.
Al otro lado de la calle, la señora Donnelly se detuvo a mitad de su paseo con su perrito y se quedó mirando fijamente. Cheryl no apartó la mirada. Levantó la barbilla como si quisiera que la vieran. La señora Donnelly apretó los labios y siguió caminando, despacio, observando.
—Has vuelto —dijo ella secamente.
“Le dejé una nota a papá en la nevera…”
—Estuviste fuera tres días —dijo, apoyándose en el marco de la foto.
