PARTE 2: EL HOMBRE QUE SÍ VINO POR SU HIJO
“Señor Ibarra…”, murmuró mi padre.
Sebastián no le contestó. Pasó junto a mis padres sin mirarlos, como si fueran sombras mal paradas, y se acercó a mí. Su rostro, duro al cruzar la puerta, se suavizó apenas vio a Nicolás dormido sobre mi pecho.
“¿Cómo estás, Vale?”
Su voz fue la primera cosa amable que escuché desde que empezó el parto.
“Cansada”, dije. “Pero ya estoy bien.”
Sebastián se inclinó, me besó la frente y luego tocó con mucho cuidado la mejilla de nuestro hijo.
“Es perfecto.”
Mi madre se llevó una mano al collar.
“¿Nuestro?”
Sebastián se enderezó despacio. Cuando por fin la miró, mi madre bajó los ojos.
“Escuché desde el pasillo que no iban a reconocer a un niño sin padre”, dijo él.
Mi padre abrió la boca, pero no salió nada.
“Mi hijo tiene padre”, continuó Sebastián. “Y mi esposa también tiene quien la defienda.”
“¿Esposa?”, repitió mi madre.
Yo no dije nada. No hacía falta. La sortija sencilla que llevaba en la mano derecha había estado ahí cinco meses, escondida a plena vista.
Nos habíamos casado en Valle de Bravo, en una ceremonia pequeña, sin prensa, sin invitados de compromiso, sin mis padres. No por miedo. Por estrategia. Sebastián sabía que mi familia no iba a detenerse hasta intentar quitarme lo único que todavía no controlaban: mi parte de la empresa.
Uno de sus abogados tomó la carpeta azul de la mesa y la abrió.
“Cesión de acciones”, dijo, leyendo rápido. “Preparada para firma inmediata, sin asesoría independiente, en una habitación hospitalaria, horas después de un parto. Muy delicado, señor Santillán.”
“Es un asunto familiar”, dijo mi padre, recuperando apenas un pedazo de su soberbia. “Valeria no entiende de negocios.”
“Entiendo bastante”, respondí.
Mi madre me fulminó con la mirada.
“Cállate.”
“No.”
La palabra salió limpia. Pequeña, pero pesada.
“Eduardo no tiene un comprador real para el terreno de Santa Fe”, dije. “Necesita mi doce por ciento porque vació cuentas de Santillán Desarrollos. Movió dinero a empresas fantasma, duplicó facturas y usó créditos de proveedores para tapar pérdidas.”
“Mentira”, dijo mi madre. “Tu hermano está salvando la empresa.”
“Eduardo la está hundiendo.”
Mi padre apretó los puños.
“Valeria, no sabes lo que estás diciendo.”
“Lo sé desde hace dos años. Te llevé los estados de cuenta. Te enseñé los contratos falsos. Te dije que algo no cuadraba.”
Él apartó la mirada.
“¿Recuerdas qué me respondiste?”, pregunté. “Dijiste que yo era una niña resentida porque Eduardo sí tenía cabeza para los negocios.”
Sebastián seguía de pie junto a mí, silencioso. Su silencio tenía filo.
El abogado principal mostró su tableta.
“La Fiscalía ya recibió el expediente completo. También la Comisión Nacional Bancaria y de Valores. Hace treinta minutos un juez autorizó medidas cautelares sobre varias cuentas de Santillán Desarrollos.”
Mi madre se agarró al respaldo de la silla.
“No pueden hacer eso.”
“Sí pueden”, dijo Sebastián. “Cuando hay indicios de fraude, lavado de dinero y presión ilegal contra una accionista.”
Mi padre me miró como si quisiera atravesarme.
“Le diste documentos privados a un extraño.”
“Le di pruebas al padre de mi hijo”, respondí.
El celular de mi madre empezó a sonar. Ella miró la pantalla.
“Es Eduardo.”
Contestó, y la voz de mi hermano salió rota.
“¿Qué hicieron? Hay gente de la Fiscalía en la oficina. Están entrando a contabilidad. Mamá, dime que papá tiene todo bajo control.”
Mi padre intentó quitarle el teléfono.
“Eduardo, no digas nada.”
“¿Cómo que no diga nada? Se llevaron mi laptop. Dicen que tienen transferencias, cuentas en Monterrey, facturas de empresas que ni existen…”
Mi madre empezó a llorar.
“Sebastián, por favor”, suplicó. “Eduardo cometió errores, pero es su hermano.”
Miré a Nicolás.
“Hace unos minutos dijeron que mi hijo no existía para esta familia.”
Nadie respondió.
Entonces el abogado de Sebastián recibió una llamada, escuchó unos segundos y cerró los ojos con calma profesional.
“Ya catearon la oficina principal.”
Mi padre se quedó inmóvil.
“¿Qué quiere decir eso?”
Sebastián tomó la carpeta azul, la levantó apenas y la dejó caer otra vez sobre la mesa.
“Quiere decir que el papel con el que vinieron a robarle a una mujer recién parida fue la última prueba que faltaba.”
Y en ese momento, la pantalla del celular de mi madre se llenó de notificaciones.
PARTE 3:
