PARTE 1:
EL NIETO QUE NO IBAN A RECONOCER
“Ese niño no existe para esta familia”, dijo mi madre al entrar a mi cuarto del hospital. “Y jamás voy a cargar a un bastardo.”
La enfermera que estaba revisando mi suero se quedó quieta junto a la puerta. Yo sentí que el mundo se hacía pequeño alrededor de la cama, de las sábanas blancas, del monitor que marcaba mi pulso y del cuerpecito tibio de mi hijo recién nacido sobre mi pecho.
Nicolás tenía apenas unas horas de vida. Sus dedos, tan pequeños que parecían hechos de aire, se cerraban alrededor del mío con una fuerza que me sostuvo entera. Yo estaba agotada, con el cuerpo roto por el parto, la garganta seca y los ojos hinchados, pero cuando lo miraba, todo el dolor se volvía soportable.
Mis padres, en cambio, lo miraban como si fuera una mancha.
Mi madre, Beatriz Santillán, llevaba un traje blanco impecable, collar de perlas y un perfume caro que siempre me había anunciado desgracias desde niña. Mi padre, Arturo Santillán, estaba junto a ella con su traje gris oscuro, la mandíbula apretada y esa expresión de empresario que usa una firma como si fuera una navaja.
“Se llama Nicolás”, dije, intentando que mi voz no temblara.
Mi madre soltó una risa seca.
“Qué nombre tan bonito para una vergüenza.”
Mi padre cerró la puerta del cuarto y bajó la voz, no por respeto, sino por costumbre de negociar cosas sucias lejos de testigos.
“Valeria, ya hiciste suficiente daño. Durante nueve meses nos obligaste a inventar excusas. En el club, en las comidas, con los socios… todos preguntaban quién era el padre.”
“Nunca me preguntaron a mí”, respondí.
“Porque no importaba”, dijo mi madre. “Si ese hombre hubiera valido algo, estaría aquí.”
Besé la frente de Nicolás. Olía a leche, a piel nueva, a esa clase de milagro que nadie debería atreverse a despreciar.
Mi padre puso su portafolio sobre la mesa del hospital, lo abrió y sacó una carpeta azul marino. La dejó junto a mi cama con un golpe seco que hizo que mi bebé se sobresaltara.
“Firma esto.”
Miré la carpeta, aunque ya sabía lo que era.
“¿Qué quieren ahora?”
“Tu doce por ciento de Santillán Desarrollos”, dijo mi padre. “Eduardo encontró comprador para el terreno de Santa Fe. Necesitamos cerrar antes de que tu escándalo afecte más a la empresa.”
Mi madre empujó la carpeta hacia mí.
“Después de firmar, quizá te ayudemos con una renta modesta. No queremos que termines en una colonia peligrosa con ese niño.”
“Acabo de dar a luz”, dije. “Estoy medicada. Tengo a mi hijo en brazos.”
“Por eso vinimos hoy”, dijo mi padre, sin pudor. “Antes de que te llenen la cabeza de fantasías.”
Durante años, Eduardo había sido el hijo perfecto. Mi hermano mayor. El heredero. El genio. El hombre que, según mis padres, había nacido para dirigir. Yo era la hija que debía sonreír, obedecer y firmar. Cuando intenté hablar de los números raros en la empresa, mi padre me llamó celosa. Cuando llevé pruebas de facturas duplicadas, mi madre dijo que necesitaba terapia.
Ahora querían mi firma porque sabían que yo estaba débil.
Mi padre sacó una pluma plateada y la puso entre mis dedos.
“Firma, Valeria. Si te niegas, nadie en esta ciudad te va a contratar. Nadie te va a rentar. Nadie va a querer a una madre soltera que desafió a su familia.”
Miré a Nicolás. Él dormía tranquilo, ajeno a la crueldad que acababa de recibir como bienvenida al mundo.
“No voy a firmar.”
Mi madre parpadeó, como si una criada le hubiera escupido en la cara.
“¿Perdón?”
“No voy a firmar.”
Mi padre se inclinó sobre mí.
“No tienes opción.”
“Sí tengo”, dije. “Y acabo de elegir.”
La cara de mi madre se torció.
“Vas a rogarnos, Valeria. Cuando salgas de este hospital y entiendas que nadie te va a ayudar, vas a suplicarnos de rodillas.”
Antes de que pudiera responder, la puerta se abrió.
Un hombre alto, vestido con abrigo oscuro, entró al cuarto acompañado de dos abogados y de la directora del hospital. No levantó la voz. No necesitaba hacerlo. Su sola presencia hizo que mi padre soltara la pluma.
Mi madre se quedó blanca.
Porque Sebastián Ibarra, el empresario más temido de México, acababa de entrar a mi habitación.
Y venía caminando directo hacia mi cama.
PARTE 2:
