Lo sostenía como si fuera lo único que la mantenía viva.
Y entonces habló.
—¿Nos vas a matar?… —dijo con una calma que helaba la sangre—.
Si es así… hazlo rápido.
Mi hermanito tiene hambre.
Las palabras le cayeron a Don Ernesto como un golpe en el pecho.
Él había escuchado de todo en su vida.
Hombres rogando.
Enemigos maldiciendo.
Gente suplicando por un minuto más.
Pero nunca…
Nunca había escuchado a una niña pedir la muerte… como quien pide un pedazo de pan.
Tragó saliva.
—No voy a hacerte daño… —dijo, con la voz más áspera de lo que quería.
La niña no respondió.
Solo apretó más al bebé.
Desconfiaba.
Y tenía razón.
Pasos detrás.
—Patrón… ¿todo bien?
Su mano derecha apareció en la entrada del callejón, con la mano lista sobre el arma.
Don Ernesto levantó la mano sin voltear.
Una orden clara: ni te acerques.
El hombre obedeció.
Siempre obedecía.
El bebé soltó un quejido débil… casi imperceptible.
