Don Ernesto frunció el ceño.
Ese sonido… no era llanto.
Era cansancio.
Era hambre… llevada al límite.
—¿Dónde están tus papás?
Silencio.
—Mi mamá se fue… —dijo la niña sin emoción—. Hace días. Dijo que regresaba.
No terminó la frase.
No hacía falta.
—¿Y tu papá?
—No tengo.
Entonces Don Ernesto lo vio.
Las marcas.
Pequeños círculos oscuros en los brazos de la niña.
Quemaduras.
Cigarros.
Algo dentro de él… se quebró.
—¿Quién te hizo eso?
La niña miró su brazo… como si fuera algo normal.
—El tío Julián… —respondió—. Se enoja cuando toma.
Sin rabia.
Sin tristeza.
Solo verdad.
Don Ernesto apretó la mandíbula.
Esa no era vida.
Eso era infierno.
—¿Cómo te llamas?
La niña dudó.
Lo observó… largo rato.
Como si intentara decidir si valía la pena confiar.
—Me llamo Alma… —dijo finalmente—.
Y él es Mateo.
El hombre detrás volvió a acercarse.
—Patrón… esto no es nuestro problema. Vámonos.
—Sí lo es —respondió Don Ernesto, sin apartar la vista de la niña.
El silencio cayó pesado.
