Don Ernesto se puso de pie lentamente.
—¿Dónde está?
—Aquí mismo… en la ciudad.
Los ojos del hombre se oscurecieron.
Como si algo antiguo… muy oscuro… hubiera despertado otra vez.
Pero esta vez… no era por poder.
No era por dinero.
Era por ella.
Y justo cuando se dirigía a la puerta…
Una voz pequeña lo detuvo.
—Señor…
Volteó.
Alma estaba ahí.
Con los ojos llenos de algo nuevo.
No era miedo.
No era vacío.
Era… esperanza.
—¿Vas a regresar?
Don Ernesto se quedó en silencio.
Un segundo.
Dos.
Y respondió…
Pero no como el hombre que todos temían.
Sino como alguien que ya no quería fallar otra vez.
—Sí.
Pero en cuanto salió de la casa…
Su mano derecha lo miró y dijo en voz baja:
—Patrón… esto ya no es solo un rescate.
Don Ernesto apretó los puños.
—Lo sé.
Y mientras la camioneta desaparecía en la noche…
en algún lugar de la ciudad…
alguien ya había empezado a hacer llamadas.
Porque ayudar a esos niños…
había encendido algo más grande.
Algo peligroso.
