Algo que…
iba a traer consecuencias.
Y esta vez…
no todos iban a salir con vida.
La camioneta avanzaba por calles oscuras, tragándose la noche.
Dentro… el silencio era distinto.
Pesado. Tenso. Como antes de una tormenta.
El hombre al volante miró de reojo a Don Ernesto.
—Patrón… ese tipo no está solo.
Don Ernesto no respondió.
Sus ojos estaban fijos al frente.
Pero su mente… estaba en otro lado.
En una niña de seis años…
preguntando si la iban a matar.
Apretó la mandíbula.
—No me importa cuántos sean —dijo finalmente—.
Hoy se termina.
El edificio era una ruina.
Paredes descascaradas.
Luces parpadeantes.
Y ese olor… a alcohol barato y abandono.
Tercer piso.
Puerta 3B.
—Es ahí —susurró su mano derecha.
Don Ernesto no sacó arma.
No la necesitaba.
Tocó la puerta.
Pasos torpes.
Una voz irritada desde adentro:
—¡¿Quién chingados…?!
La puerta se abrió apenas…
y entonces todo cambió.
El hombre del otro lado lo miró.
Y palideció.
—No… no… yo no…
—¿Julián? —preguntó Don Ernesto con calma.
El cuchillo cayó de sus manos.
—Yo no hice nada… te lo juro…
Don Ernesto empujó la puerta.
Entró.
Ceniceros llenos.
Botellas por todos lados.
El mismo olor… que traía recuerdos.
Malos recuerdos.
—¿Sabes quién soy?
El hombre temblaba.
—Sí… sí… por favor… no…
Don Ernesto se sentó tranquilamente en una silla vieja.
Como si estuviera en su propia casa.
—Una niña —dijo—.
Seis años.
Alma.
El hombre empezó a llorar.
—Yo estaba borracho… no sabía…
—Mentira.
La voz fue suave.
