—Tío Alejandro… —susurró—. Mi mamá dijo que tú nos ibas a salvar.
Y se desmayó.
Alejandro entendió que la tormenta no había traído a 3 niños perdidos.
Le había devuelto la culpa que llevaba 7 años enterrando.
Pero cuando miró la pulsera en su mano, vio algo más doblado dentro del abrigo mojado de Lucía: un papel con manchas de sangre y una frase escrita por Mariana.
“Rogelio no quiere a los niños. Quiere cobrar por ellos.”
Alejandro se quedó helado.
Porque todavía no sabía qué significaba esa frase.
Pero estaba a punto de descubrir que su hermana no solo había escapado de un esposo violento.
Había escapado de un plan mucho más cruel.
Y nadie podía creer lo que estaba a punto de pasar.
PARTE 2
El hospital de Saltillo recibió a Lucía, Mateo y Tomás antes del amanecer.
Alejandro entró con ellos hasta urgencias, aún con la ropa mojada de nieve y la pulsera de Mariana apretada en el puño.
—Solo familiares pueden pasar —dijo una enfermera.
Alejandro levantó la mirada.
—Soy su tío.
Decirlo le dolió.
Porque durante 7 años había actuado como si no lo fuera.
Lucía fue llevada a una cama térmica. Tenía hipotermia severa y heridas en los pies. Los gemelos respiraban, pero Tomás estaba tan frío que una doctora pidió preparar oxígeno de inmediato.
Rosa llegó poco después con café, rosarios y una bolsa de ropa limpia.
—Dios no puso a esos niños en tu puerta por casualidad, doctor —le dijo.
Alejandro no respondió.
Estaba mirando a Lucía.
Cuando la niña despertó, lo primero que hizo fue intentar sentarse.
