Una niña negra le llevaba el desayuno a un anciano todos los días; un día, unos oficiales militares llegaron a su puerta.

La mujer arqueó las cejas. "¿Su sobrina?"

"Sí."

“¿Y no tienes ninguno de sus documentos?”

“Ha estado viviendo en la calle. No guarda papeles en el bolsillo.” Aaliyah se inclinó hacia adelante. “Pero sé que prestó servicio militar. Sé que recibe beneficios. Por favor, solo haga el cheque.”

La mujer la miró fijamente durante un largo rato, con evidente escepticismo. Entonces, alguien detrás de ellas, un médico con bata blanca, de origen asiático del sur, de unos cuarenta y tantos años, intervino.

“Corre, Rachel.”

La mujer de recepción se giró.

“Doctor Patel, por favor, hágalo por cortesía.”

El doctor Patel miró a Aaliyah. “Si hay compatibilidad, nos lo quedamos. Si no, lo llevamos al condado”.

"Justo."

Aaliyah asintió rápidamente. “Justo.”

Rachel suspiró y empezó a teclear. La espera se le hizo interminable. Treinta segundos que se extendieron hasta el infinito. Entonces el ordenador emitió un pitido. La expresión de Rachel cambió. Se inclinó hacia la pantalla, leyendo algo. Apretó la mandíbula.

—¿Qué? —preguntó el doctor Patel.