El millonario estaba a segundos de subir al coche que lo llevaría directo a la muerte, hasta que el hijo de la empleada doméstica le susurró: “No te muevas.”

Renata.

Alejandro contestó.

—¿Dónde estás, amor? —preguntó ella con voz dulce—. El chofer dice que ya te espera.

—Olvidé una carpeta en el estudio.

—¿Quieres que te ayude a buscarla?

—No. Ya salgo.

—Apúrate. No quiero que llegues tarde.

Alejandro colgó y miró a Mateo.

—¿Tu mamá sabe?

—No, señor.

—Que no se entere todavía. No porque haya hecho algo malo, sino porque mientras menos sepa, más segura estará.

Mateo asintió.

Alejandro avanzó por el pasillo lateral y se asomó hacia la terraza trasera.

Renata estaba allí.

Vestía un traje blanco impecable, de esos que usaba cuando quería parecer inocente. Frente a ella estaba un hombre alto, de cabello bien peinado, saco gris y manos demasiado cerca de las suyas.

El hombre dijo algo que Alejandro no alcanzó a oír.

Renata rió.

Luego ella tomó su mano y murmuró:

—Para esta noche, todo habrá terminado.

El hombre le besó la muñeca.

Alejandro no sintió rabia de inmediato. Sintió algo peor: la sensación de ver su vida convertida en una escena ajena.

Entró a la casa, fue al estudio, tomó cualquier carpeta y regresó al recibidor.

Renata lo esperaba junto al espejo.

—¿La encontraste?

—Sí.

Ella se acercó, le acomodó la solapa y sonrió.

—Te amo.

Alejandro le besó la mejilla.

—Yo también.