El millonario estaba a segundos de subir al coche que lo llevaría directo a la muerte, hasta que el hijo de la empleada doméstica le susurró: “No te muevas.”

Luego salió por la puerta principal.

El falso chofer se enderezó.

Alejandro caminó hacia la camioneta, con el celular en la mano, como si no sospechara nada. Ya estaba a unos pasos cuando cambió de dirección y siguió hacia la salida peatonal.

—¿Señor Santillán? —llamó el hombre.

Alejandro levantó el teléfono como si hablara con alguien.

—Sí, ya voy a la esquina. La entrada está bloqueada.

Cruzó la puerta y dobló la esquina.

Allí, en un sedán discreto, lo esperaba Ramiro, su verdadero chofer, con el rostro pálido.

—Don Alejandro, ¿qué está pasando?

Alejandro subió al asiento delantero.

—Maneja. No a la oficina. No a la casa. Solo maneja.

Dos calles después, respiró por primera vez.

—Un niño acaba de salvarme la vida —dijo—. Ahora voy a descubrir quién decidió comprar mi muerte.

Y lo peor era que la persona que más amaba ya estaba esperando la noticia de su cadáver.

PARTE 2

A las diez de la mañana, Alejandro se reunió con Julián Aranda, su abogado de confianza, en un café pequeño de la colonia Del Valle. No era el tipo de lugar donde un multimillonario solía cerrar acuerdos, y por eso mismo era perfecto.

Ramiro vigilaba desde la entrada.

Alejandro puso el celular de Mateo sobre la mesa.

—Escucha esto.

Julián no hizo preguntas. Reprodujo la grabación completa sin interrumpir. Cuando terminó, tenía la mandíbula apretada.

—¿Renata sabe que tienes esto?

—No.

—Entonces sigamos así.

Julián abrió su laptop y empezó a revisar archivos.

—Hace once años contrataste una póliza de vida por cincuenta millones de pesos. Eso lo recuerdo. Pero hace catorce meses hubo una modificación.

Giró la pantalla.

Alejandro vio su firma.