—Doscientos cincuenta millones de pesos —dijo Julián—. Y con cláusula de muerte accidental, el pago se duplica. Renata quedó como beneficiaria única.
—Yo no firmé eso.
—Ese día estabas en Guadalajara.
Alejandro sintió que la sangre le golpeaba en las sienes.
—Entonces falsificaron mi firma.
—O te hicieron firmar otra cosa y mezclaron páginas. Necesito investigar al notario, a los testigos y al hombre de la terraza.
Julián llamó a una investigadora privada llamada Inés Robles, una mujer famosa por encontrar lo que otros enterraban.
Esa misma tarde, Alejandro se escondió en un hotel sencillo de Narvarte, registrado con otro nombre. La habitación era pequeña, con cortinas beige y olor a desinfectante. Por primera vez en años no había asistentes, seguridad privada ni lujo alrededor.
Solo silencio.
A las cinco con veinte, Inés llamó.
—El hombre que estuvo con su esposa se hace llamar Darío Beltrán —dijo—. Pero ese no es su nombre real.
Alejandro se quedó quieto.
—Su nombre de nacimiento es Esteban Rivas. En 2011 estuvo casado con una empresaria de Querétaro. Ella murió al caer de un balcón durante un viaje. Fue declarado accidente. Él cobró una póliza.
Julián, que estaba en altavoz, maldijo en voz baja.
Inés continuó:
—En 2017 se casó con una viuda de Monterrey. Murió en un incendio en su casa de campo. Él recibió dinero de seguros y desapareció. También hubo una prometida en Puebla que lo denunció por amenazas antes de cancelar la boda.
Alejandro cerró los ojos.
—¿Renata sabe todo esto?
—No puedo asegurarlo —respondió Inés—. Pero mi impresión es que él la convenció de que serían socios. Lo más probable es que después de usarla, también la eliminara.
La frase cayó como piedra.
Renata había planeado su muerte.
Pero quizá también estaba caminando hacia su propia trampa.
Alejandro volvió a la casa esa noche.
Renata lo recibió en la entrada con lágrimas perfectas.
—¡Gracias a Dios! Estaba desesperada. ¿Qué pasó con la camioneta?
