—Creemos que alguien intentó un robo. Usaron datos de la empresa para cambiar al chofer.
Ella lo abrazó.
Alejandro sintió sus brazos alrededor de su cuello y pensó en lo extraño que era tocar a alguien que ya había imaginado tu funeral.
—Qué horror —susurró ella—. Menos mal que no subiste.
—Sí —respondió él—. Menos mal.
Durante la cena, Renata actuó con una ternura impecable. Le sirvió vino, le preguntó por la empresa, le recomendó dormir temprano. Cada gesto parecía amor. Cada palabra, una mentira cuidadosamente planchada.
Cuando ella subió a su recámara, Alejandro salió por la puerta lateral y caminó hasta la casita de servicio.
Marta abrió antes de que tocara.
—Mateo me contó todo —dijo, con los ojos llenos de miedo.
Alejandro bajó la cabeza.
—Su hijo fue más valiente que todos los adultos de esta casa.
Marta se cubrió la boca.
—¿Estamos en peligro?
—Sí. Pero ya hay gente cuidándolos. Necesito que actúen normal dos días más.
—¿Dos días?
Alejandro miró hacia la ventana donde Mateo dormía abrazado a su libreta de dibujos.
—Voy a dejar que crean que todavía pueden intentarlo.
El miércoles por la noche, durante la cena, Alejandro soltó la carnada.
—La junta de Toluca se reprogramó para el viernes en la mañana.
Renata levantó su copa.
No sonrió demasiado pronto. No se tensó demasiado tarde.
Era buena fingiendo.
—¿Irá Ramiro contigo?
