El millonario estaba a segundos de subir al coche que lo llevaría directo a la muerte, hasta que el hijo de la empleada doméstica le susurró: “No te muevas.”

 

—Sí. Julián revisó toda la seguridad.

—Me quedo más tranquila.

Alejandro sostuvo su mirada.

—Yo también.

Entre los dos ardían las velas.

Pero debajo de esa mesa elegante, ya se movían dos planes.

Y uno de ellos iba a terminar con esposas, sangre fría y una verdad que Renata jamás imaginó que saldría a la luz.

PARTE 3

El viernes amaneció con neblina sobre la ciudad.

Alejandro bajó las escaleras a las siete y media, vestido con traje oscuro, abrigo negro y el mismo maletín de piel que llevaba el día en que Mateo le salvó la vida. Cada paso sonaba demasiado claro sobre el mármol.

Renata lo esperaba en la cocina.

Había preparado café.

Nunca preparaba café.

—Día importante —dijo ella, entregándole la taza.

—Largo camino —respondió Alejandro.

Renata se acercó y le acomodó la corbata, aunque estaba perfectamente puesta.

—Ten cuidado, amor.

Por un segundo, Alejandro vio a la mujer que había amado. La joven que bailó con él en una boda pobre antes de que existieran las mansiones. La esposa que le llevó sopa cuando tuvo neumonía. La compañera que lloró junto a él cuando enterró a su padre.

Pero entonces oyó de nuevo la grabación en su memoria.

La póliza paga doble si es muerte accidental.

Dejó la taza sobre la barra.

—Nos vemos en la noche.

Renata sonrió.

—Te estaré esperando.

Alejandro salió.

La camioneta esperaba en la entrada. Esta vez Ramiro estaba junto a la puerta, con su escapulario de plata colgando del retrovisor.

Alejandro subió al asiento trasero.

El portón se abrió.

Durante los primeros minutos nadie habló. La ciudad fue quedando atrás. Pasaron Santa Fe, luego la carretera se abrió entre árboles, curvas y niebla. Ramiro miró por el espejo.

—Nos siguen.

—¿Cuántos?

—Un sedán gris. Dos hombres. Desde antes de la caseta.