El millonario estaba a segundos de subir al coche que lo llevaría directo a la muerte, hasta que el hijo de la empleada doméstica le susurró: “No te muevas.”

 

Alejandro miró por la ventana.

Pensó en las mujeres que habían muerto antes que él. Una caída. Un incendio. Accidentes perfectos para un hombre que sabía convertir cadáveres en dinero.

Pensó también en Renata, esperando una llamada para empezar su actuación de viuda.

Y pensó en Mateo, escondido detrás de unas bugambilias con un celular roto, enfrentando un miedo que ningún niño debería cargar.

—Sigue manejando —ordenó.

La carretera hacia La Marquesa se volvió más estrecha. La neblina espesó. Al llegar a la curva del kilómetro treinta y dos, una camioneta negra estaba detenida en el acotamiento.

El falso chofer del lunes estaba allí.

Ramiro bajó la velocidad.

—Es él.

—No te detengas.

Pasaron de largo.

En el espejo, Alejandro vio al hombre subir rápido a su vehículo. El sedán gris aceleró detrás.

Entonces Ramiro presionó un botón oculto bajo el tablero.

Dos camionetas sin placas salieron de un camino lateral y bloquearon la carretera. Otra unidad cerró la retaguardia. Hombres de la fiscalía bajaron con armas, chalecos y movimientos precisos.

No hubo persecución espectacular.

No hubo choque.

Solo el ruido seco de las puertas abriéndose, órdenes firmes y tres hombres tirados en el pavimento con las manos en la nuca.

El falso chofer intentó correr hacia el monte. No avanzó ni cinco metros.

Alejandro bajó de la camioneta y miró la curva. Abajo, entre la neblina, el barranco parecía tragarse el ruido del mundo.

Allí debían encontrarlo.

Allí iban a llorarlo.

Allí Renata pensaba convertirlo en dinero.