Su celular sonó.
Julián.
—Ya los tienen —dijo Alejandro.
—Entonces entran a tu casa ahora.
Alejandro cerró los ojos.
Mientras tanto, en Lomas de Chapultepec, Renata estaba sentada en la sala principal con una taza de té intacta entre las manos.
Esperaba la llamada de Darío.
Había ensayado todo.
Primero el grito. Luego el llanto. Después la llamada a emergencias. Más tarde, la voz rota frente a los empleados. El vestido negro. La misa. Las condolencias. El rostro destruido ante las cámaras, si algún reportero aparecía.
Había practicado tanto su dolor que casi se creía capaz de sentirlo.
Cuando la puerta principal se abrió, levantó la mirada.
No era Darío.
Entró una mujer de cabello corto, chamarra oscura y placa en la mano.
—Renata Villaseñor de Santillán —dijo—. Somos de la fiscalía. Tenemos una orden de cateo y una orden de aprehensión.
Renata se puso de pie lentamente.
—¿De qué habla?
La agente no levantó la voz.
—Conspiración para cometer homicidio, fraude de seguros, falsificación de documentos y asociación delictuosa.
Durante unos segundos, Renata no hizo nada.
No gritó.
No lloró.
No pidió a Alejandro.
Solo se quedó vacía, como si por fin hubiera entendido que la historia que había escrito ya no tenía final feliz para ella.
Luego susurró:
—Darío dijo que sabía hacerlo.
