Había regresado justo antes de perderla para siempre.
Lo que estaba a punto de descubrir en esa carta era algo que ningún padre podría imaginar sin sentir vergüenza por haber llegado tan tarde…
Alejandro abrió la puerta.
—Valentina.
Su hija alzó la vista y se quedó inmóvil, como si viera un fantasma. Luego retrocedió asustada, golpeando una maleta con el pie.
-¿Papá?
—Soy yo.
Valentina bajó la mirada.
Maricela respondió desde la puerta:
—Señora Renata.
Alejandro sintió que algo oscuro le subía por el pecho.
Tomó la carta de la cama.
—¿Puedo leerlo?
Valentina asintió.
La letra temblorosa decía:
Papá, perdóname por irme así. Intenté hablar contigo muchas veces, pero mamá dice que no me creerás. Dice que soy dramática, inestable y desagradecida. Dice que si hablo, todos pensarán que soy una niña rica que se inventa problemas. No culpes a Maricela. Ella fue la única que me dio de comer cuando mamá cerró la cocina para castigarme.
Alejandro tuvo que parar.
Continuó leyendo.
Hoy me van a mandar a un sitio en Cuernavaca. Mamá dice que allí corrigen a las chicas que avergüenzan a sus familias. También quiere que firme unos papeles. Dice que si no firmo, me harán creer que estoy enferma.
—¿Qué papeles? —preguntó Alejandro.
