Valentina se abrazó a sí misma.
—Aquellos en quienes confío.
Alejandro levantó la vista.
El fideicomiso que su padre le había dejado a Valentina al nacer contenía acciones, terrenos y derechos de voto dentro del grupo hotelero. Era intocable hasta que alcanzara la mayoría de edad.
O eso creía yo.
Maricela sacó un viejo teléfono móvil de su delantal.
—Tengo grabaciones, señor. No sabía qué hacer. Tenía miedo. Pero cuando supe que se la iban a llevar esta noche, lo grabé todo.
—¿Qué está pasando abajo? —preguntó Alejandro.
Valentina frunció los labios.
—Mamá va a anunciar mi compromiso.
El silencio cayó como una piedra.
—¿Qué dijiste?
—Con Nicolás Beltrán.
Alejandro conocía ese apellido. Javier Beltrán, el padre de Nicolás, era un poderoso inversor, involucrado en la construcción, la política y los favores turbios. Alejandro se había negado a estrechar lazos con él antes de viajar.
Renata, aparentemente no.
—Tiene veintitrés años —dijo Alejandro.
—Mamá dijo que era simbólico —susurró Valentina—. Que de esta manera la familia Beltrán protegería mi futuro. Pero mis acciones también aparecen en papel.
Alejandro se puso de pie.
Por primera vez, su riqueza parecía un arma apuntando contra su hija.
Llamó a Héctor, su jefe de seguridad, pero no al equipo de la casa. Luego llamó a Sara Villalobos, su abogada de confianza.
—Sara, necesito que vengas ahora mismo.
Mi esposa está intentando ganarse la confianza de mi hija y enviarla a una clínica esta noche.
