Gleb asintió. Se dio cuenta de que no se refería al bosque.
—¿Estás contenta con esta vida? —preguntó, con más cautela de la necesaria.
Ulyana lo miró fijamente.
- ¿Tengo otro?
Y en esa pregunta no había ni ira ni reproche. Solo una calma que dificultaba la respiración.
Gleb quería responder, pero no encontraba las palabras adecuadas.
Al regresar a la habitación, no pudo conciliar el sueño. Una palabra resonaba en su cabeza: «señora». Y por primera vez, no le pareció cálida, sino demasiado pesada para una persona.
Por la mañana, Prokhor se preparaba para llevar a Gleb a la estación. Hablaba tan alto como siempre, con confianza, incluso con alegría, como si nada hubiera cambiado.
Ulyana se quedó en la puerta, despidiéndolos en silencio.
Gleb hizo una pausa por un segundo.
—Gracias —dijo.
Ella asintió levemente.
Y en ese asentimiento se percibía más cansancio que en cualquier palabra.
Cuando el coche empezó a moverse, Prokhor ya estaba hablando de nuevo sobre la taiga y el trabajo. Pero Gleb ya no le prestaba atención.
Miró hacia adelante, donde el camino desaparecía en el bosque, y pensó que a veces una persona no vive con la persona que ama, sino con la imagen a la que se siente cómoda llamando amor.
Y la casa que quedaba detrás de ellos se fue haciendo cada vez más pequeña hasta disolverse en la hilera gris de árboles, donde incluso el silencio parecía demasiado familiar.
Gleb no se percató de que el camino a la estación se había acortado más de lo que había pensado esa mañana. El bosque retrocedía lenta pero inexorablemente, como si se resistiera a ceder, y sin embargo lo hacía, sin resistencia. Prokhor hablaba casi sin parar —sobre las lluvias, la cosecha, los planes para el invierno—, pero sus palabras ya no tenían la misma naturalidad. Parecía presentir que algo se le escapaba, aunque no lograba identificarlo con precisión.
El viento arreciaba en el andén. Olía a hierro mojado y carbón. Gleb estaba de pie junto a su amigo, sujetando su maleta, y miraba no al tren, sino hacia el bosque que comenzaba justo después de las últimas casas.
—Bueno, por fin nos hemos visto —dijo Prokhor, intentando sonreír—. Hemos esperado veinte años, ¡y se han pasado volando, ¿eh?!
Gleb asintió, pero no respondió de inmediato.
—Rápido —dijo finalmente, y en sus palabras se percibía más cansancio que aprobación.
Prokhor le dio una palmada en el hombro.
—Vuelve pronto. Aquí hay tranquilidad, tú mismo lo viste.
La mirada de Gleb se detuvo en él por un instante. Quiso decir algo, pero cambió de opinión. Simplemente le estrechó la mano con firmeza.
- Cuídate, Prokhor.
“¿Para qué molestarse en protegerme? Soy del bosque”, se rió entre dientes.
El tren se detuvo con un estruendo inesperado, rompiendo el silencio de la estación. El metal crujió, las puertas se abrieron y la multitud de gente ocultó momentáneamente todo a su alrededor. Cuando Gleb subió al vagón, no se giró de inmediato. Solo en la ventana, una vez que el tren ya había comenzado a moverse, vio a Prokhor de pie, solo, ligeramente encorvado, observando el paso del tren.
El bosque volvió a cerrarse tras las ventanas, y el paisaje permaneció inmutable durante un buen rato. Gleb no leyó su billete ni miró el móvil. Simplemente se quedó sentado, como quien deja una conversación a medias.
Esa tarde, Prokhor regresó a casa antes de lo habitual. La casa lo recibió con su silencio de siempre, el olor a estufa y la ropa cuidadosamente doblada. Ulyana estaba en el patio, tendiendo la ropa. Quiso decirle algo de inmediato, pero se detuvo en el umbral, como si dudara en molestarla.
Ella lo vio y asintió.
—¿Se ha marchado el huésped?
—Se fue —respondió.
No volvieron a hablar en ese momento. Pero algo inusual flotaba en el aire, como una fina grieta en el cristal, una que quizás aún no se percibe, pero que ya no se puede evitar sentir.
Esa noche, Prokhor se quedó despierto hasta tarde. Se sentó a la mesa, revisando papeles viejos y remendando la correa de su fusil, aunque no era necesario. Ulyana se acostó temprano, sin decir nada superfluo. Y solo cuando la casa quedó completamente en silencio, se dio cuenta de repente de que, por primera vez en muchos años, no podía oír sus pasos.
Por la mañana, se despertó con un silencio diferente. No el silencio familiar y hogareño, sino un silencio vacío.
Ulyana no estaba en la casa.
Al principio, pensó que había salido a hacer negocios, como de costumbre. Pero pasó el tiempo y no la vio por ninguna parte, ni en el patio, ni junto al pozo, ni en el granero. Todo seguía igual; solo su presencia se había desvanecido, como el calor que se apaga cuando se extingue el fuego.
Encontró una hoja de papel sobre la mesa. Irregular, doblada por la mitad. La letra era suya, pulcra y discreta.
Dudó durante un buen rato, sosteniéndolo entre sus manos como si al hacerlo pudiera cambiar el significado de lo que estaba escrito. Luego lo desdobló.
Las palabras eran sencillas.
