Las trillizas se acercaron al padre soltero y dijeron: “Hola, señor, nuestra madre tiene un tatuaje igual al suyo.” Él se quedó helado… porque esa brújula rota era el secreto de una noche que creyó enterrada para siempre.

Elías no tocó el sobre durante varios minutos.

La lámpara amarilla del taller colgaba sobre la mesa, iluminando el papel como si fuera una trampa. A su alrededor olía a barniz, pegamento y madera recién cortada. En la pared, Mateo había pegado un dibujo de los dos: un papá enorme con martillo y un niño sonriendo bajo un sol naranja.

Elías tragó saliva.

Con 2,000,000 de pesos podía pagar la cirugía dental de Mateo, la renta atrasada, los recibos, la deuda con el proveedor de madera. Podía comprar una casa pequeña en el Estado de México, quizá con patio.

Solo tenía que desaparecer de la vida de 3 niñas que tal vez ya lo necesitaban sin saberlo.

La puerta del taller se abrió.

Camila entró sin pedir permiso. Esta vez no traía traje blanco, sino un abrigo oscuro y lentes grandes. Aun así, parecía demasiado elegante para ese lugar lleno de polvo.

—Es una oferta —dijo.

Elías no respondió.

—Firmas un acuerdo de confidencialidad. Renuncias a cualquier reclamo de paternidad. No buscas a las niñas. No hablas con prensa. No vuelves a aparecer.

—¿Viniste a comprarme?

—Vine a protegerlas.

Elías soltó una risa amarga.

—No. Viniste a protegerte tú.

Camila dejó una carpeta sobre la mesa.

—No seas orgulloso. Tú tienes un hijo. Sé que necesitas esto.

Elías miró hacia el cuarto donde Mateo dormía sobre un colchón viejo. La tentación le mordió el alma.

Camila lo notó.

—Con ese dinero le cambias la vida.

—¿Y a cambio les enseño a tus hijas que su papá valía un cheque?

El rostro de Camila se endureció.

—Ellas no te conocen.

—Porque tú lo decidiste.

—Porque yo las parí sola, Elías. Porque yo estuve en un hospital con 3 incubadoras y mi padre muriéndose en otro piso. Porque mientras tú seguías con tu vida, yo aprendía a dirigir una empresa que todos querían quitarme.

—Yo no sabía.