Fuerte.
Sin miedo.
Sin esconderse.
Don Ernesto la abrazó.
Torpe al inicio.
Como alguien que no sabía cómo hacerlo.
Pero no la soltó.
No esta vez.
Los días pasaron.
El bebé… Mateo… cambió.
Dejó de llorar por hambre.
Empezó a reír.
Alma… ya no escondía tanta comida.
Aunque a veces… aún lo hacía.
Por si acaso.
Pero algo sí cambió completamente.
Una tarde…
mientras jugaban en el jardín…
Mateo extendió sus manitas…
y dijo su primera palabra:
—Ma… ma…
Alma se quedó congelada.
Luego sonrió.
Una sonrisa… real.
Y Don Ernesto… desde la puerta…
sintió algo en el pecho.
Algo nuevo.
Algo que daba miedo.
Pero no era dolor.
Era… vida.
Pero la paz…
nunca dura demasiado.
Un día…
las puertas se abrieron.
Y ella apareció.
—Vengo por mis hijos.
La madre.
Arreglada.
