La mujer bajó la voz.
—Hace 3 días vino muy mal. Dijo que tenía que llegar con usted antes de que Rogelio hiciera “lo del seguro”.
Alejandro sintió un hueco en el estómago.
—¿Qué seguro?
La encargada sacó un sobre de debajo del mostrador.
—Me pidió que se lo diera si usted aparecía.
Dentro había una carta.
“Alejandro, si Lucía logró encontrarte, no la regañes por llorar. Caminó más de lo que una niña debería caminar jamás.
Rogelio sacó seguros de vida a nombre de los niños. 600,000 pesos por cada uno. Dijo que si algo les pasaba, por fin iba a pagar sus deudas.
Yo estoy enferma. Los médicos dicen que no me queda mucho. Pero no podía morirme dejándolos con él.
Perdóname, hermano. No por mí. Por ellos.”
Alejandro no terminó la carta de pie.
Tuvo que sentarse.
La encargada le puso una mano en el hombro.
—Hay algo más. Mariana dijo que si usted venía, la buscara en la clínica San Gabriel. Habitación 214.
Alejandro salió corriendo.
Cuando llegó, Mariana estaba en una cama pequeña, pálida, delgada, con un pañuelo cubriéndole la cabeza.
Pero al verlo, sonrió.
—Abriste la puerta —susurró.
Alejandro cayó de rodillas junto a ella.
—Perdóname. Por favor, perdóname.
Mariana levantó una mano temblorosa.
—Los niños…
—Están vivos. Lucía los salvó.
Mariana cerró los ojos y lloró.
—Mi niña valiente.
Alejandro quiso prometerle que todo estaría bien, pero los dos sabían que era mentira.
Entonces la puerta se abrió de golpe.
Rogelio entró con la mirada roja y una sonrisa torcida.
—Qué bonito reencuentro familiar —dijo—. Ahora dime, doctorcito, ¿dónde escondiste a mis hijos?
Mariana empezó a temblar.
Alejandro se puso de pie.
—Sal de aquí.
Rogelio soltó una carcajada.
—Son míos. Mi esposa es mía. Y esos niños también.
