Alejandro dio un paso hacia él.
—No son tuyos. Son niños, no cheques.
Rogelio dejó de sonreír.
Y en ese instante Mariana susurró algo que cambió todo:
—Alejandro… él no vino solo.
PARTE 3
Alejandro miró hacia el pasillo.
Dos hombres estaban parados cerca de la salida de la clínica.
No vestían como familiares. No parecían pacientes. Uno llevaba una chamarra negra y el otro revisaba su celular sin dejar de mirar la puerta.
Rogelio sonrió al notar que Alejandro los había visto.
—Te dije que tengo asuntos pendientes, doctor. Y cuando uno debe dinero, entrega algo de valor.
Mariana soltó un gemido.
—Rogelio, por Dios, son tus hijos.
—Mis hijos son mi problema —respondió él—. Y tú ya no sirves ni para eso.
Alejandro no pensó.
Lo tomó del cuello de la chamarra y lo empujó contra la pared.
—Vuelves a hablarle así y te juro que no sales caminando.
Rogelio quiso hacerse el valiente, pero el miedo le cruzó la cara.
En segundos, seguridad llegó corriendo. Una enfermera llamó a la policía. Los hombres del pasillo desaparecieron al escuchar las sirenas.
Rogelio gritó que Alejandro había secuestrado a sus hijos.
Gritó que Mariana estaba loca.
Gritó que los Rivas siempre se habían creído dueños de todo.
Pero esta vez nadie le creyó.
Mariana, con el poco aire que le quedaba, pidió hablar con una trabajadora social y con un ministerio público.
Esa misma noche declaró.
