Contó los golpes.
Las amenazas.
Los seguros.
Las deudas.
Los días en que escondía a Lucía debajo de la cama mientras Rogelio rompía platos.
Contó que había intentado escapar 3 veces y que siempre regresaba por miedo a que él encontrara a los niños.
Alejandro escuchó cada palabra como una condena contra él mismo.
Porque sí, Rogelio era el monstruo.
Pero Alejandro había cerrado la primera puerta.
Cuando la declaración terminó, Mariana lo llamó con un gesto.
—No los críes con odio —susurró.
—No puedo prometer eso.
—Entonces aprende. Ellos ya tuvieron suficiente miedo.
Alejandro tomó su mano.
—Voy a cuidarlos. Te lo juro.
Mariana sonrió.
—Dile a Lucía que no fue su culpa. Dile que me salvó de la única forma que podía.
—Se lo dirás tú.
Mariana lo miró con ternura.
—Sigues mintiendo mal.
Alejandro bajó la cabeza.
Ella apretó sus dedos.
—Yo también fui orgullosa. No debí quedarme con él. No debí alejarme de ti.
—Yo te eché.
—Y yo me fui. Los dos pagamos caro.
Alejandro lloró en silencio.
Antes del amanecer, Mariana pidió una videollamada con Lucía.
La niña apareció en la pantalla desde el hospital, con una cobija hasta el cuello y los ojos hinchados.
—Mami…
Mariana sonrió como pudo.
—Mi amor. Mi niña valiente.
—¿Vas a venir?
La pregunta dejó a todos sin aire.
Mariana miró a Alejandro.
Después volvió a mirar a su hija.
