—Voy a estar contigo de otra forma.
Lucía empezó a llorar.
—Yo quería llevarte también.
—Lo sé, mi vida. Pero llevaste a tus hermanitos. Hiciste lo que mamá te pidió. Y lo hiciste perfecto.
—Tengo frío todavía.
—Tu tío te va a dar una casa calientita. Y la señora Rosa te va a hacer chocolate.
Rosa, al otro lado de la llamada, se tapó la boca para no llorar.
—Cuida a Mateo y a Tomás —dijo Mariana—. Pero también deja que te cuiden a ti.
—No sé cómo.
—Vas a aprender.
Mariana cerró los ojos un segundo.
Cuando los abrió, miró a Alejandro.
—Prométemelo otra vez.
Alejandro sostuvo el teléfono con una mano y la mano de su hermana con la otra.
—Te prometo que nunca van a estar solos.
Mariana escuchó eso y descansó.
Se fue minutos después.
No hubo gritos.
Solo un silencio tan grande que Alejandro sintió que la sierra entera se le metía en el pecho.
Al día siguiente, Rogelio fue detenido afuera del hospital de Saltillo.
Llevaba documentos de los niños, una copia de las pólizas de seguro y boletos de autobús hacia la frontera. También llevaba dinero en efectivo que no pudo explicar.
Intentó decir que era un padre desesperado.
Pero las pruebas hablaron más fuerte.
Los testimonios del comedor azul, la clínica, la vecina que escuchaba los golpes, las enfermeras, los seguros y la declaración de Mariana formaron una historia imposible de borrar.
Alejandro pidió la custodia de emergencia.
Tres semanas después, en una sala familiar del juzgado, Rogelio apareció con camisa planchada y cara de víctima.
—Me quieren quitar a mis hijos porque soy pobre —dijo ante la jueza—. Ese hombre tiene dinero y cree que puede comprar sangre.
Alejandro permaneció callado.
Entonces Lucía pidió hablar.
La psicóloga del juzgado intentó evitarlo, pero la niña insistió.
Entró con un vestido azul marino, calcetas gruesas y la pulsera de Mariana ajustada a su muñeca con un listón blanco.
La jueza se inclinó hacia ella.
—Lucía, no tienes que decir nada si no quieres.
La niña miró a Rogelio.
Luego a Alejandro.
Y finalmente a la jueza.
