—No aceptará. Ya sabes cómo es Anna. Cree que cada bebé es una bendición. Su padre respondió: —Un hombre tiene derecho a desear un hijo. Entonces escuché cómo unos papeles se deslizaban sobre la mesa. Daniel volvió a hablar, esta vez en voz más baja. —He encontrado una clínica. Solo necesito hablar con ella antes de que se encariñe demasiado. La cinta rosa cayó de mi mano. ¿Antes de que me encariñara demasiado? Bajé la mirada hacia mi vientre. ¿Encariñarme demasiado? Era mi hija. Mi sangre. Mi bebé. Había escuchado los latidos de su corazón aquella misma mañana. La había visto moverse. Ya había imaginado sus diminutos dedos aferrándose a los míos. Y mi marido estaba sentado en nuestra cocina hablando de ella como si fuera un problema que debía resolverse. Abrí la puerta de golpe. Los tres se giraron hacia mí. El rostro de Daniel se quedó pálido. Caminé lentamente hasta la mesa y miré lo que había sobre ella. Había documentos. El nombre de una clínica. Un número de teléfono. Información que jamás debería haber visto. Mi voz temblaba. —¿Qué decisión pensabais tomar sobre mi bebé? Nadie respondió. Daniel se levantó rápidamente. —Anna, escúchame… —No —dije—. Tú vas a escucharme a mí. Levanté la ecografía. —La doctora dijo que está sana. Que es fuerte. Que se está desarrollando perfectamente. Su madre cerró los ojos como si acabara de recibir una noticia terrible. Me giré hacia ella. —No llores por mi hija mientras sigue viva dentro de mí. Daniel susurró: —No es lo que crees. Me reí, pero el sonido se rompió en mi garganta. —¿Ah, no? Porque os escuché. Escuché cada una de vuestras palabras. Su padre se puso en pie. —Estás siendo demasiado emocional. Lo miré con lágrimas ardientes en los ojos.
