“Llévate a tu hija y agradece que te dejemos vivir”, le advirtió la abuela entre risas; jamás imaginó que su propia voz sería la primera grieta en un imperio construido con deudas, amenazas y secretos familiares.

 

PARTE 2

Esteban reunió a cuatro compañeros en una cabaña rentada cerca de la presa de Zimapán. Ninguno llevó uniforme. Iván Duarte, experto en comunicaciones, rastreó sociedades y registros públicos; Mateo Salgado, analista de inteligencia, dibujó conexiones entre empresas, funcionarios y cuentas; Tomás Aguilar, médico militar, revisó expedientes de trabajadores; Bruno Chávez, el más corpulento, recibió una sola instrucción: estar presente cuando alguien intentara usar la fuerza.

Durante tres días convirtieron las paredes en un mapa del imperio Montes.

La Financiera del Valle otorgaba créditos abusivos a empleados del aserradero. Cuando un trabajador sufría un accidente y dejaba de pagar, perdía su casa. El inmueble terminaba en manos de una inmobiliaria de Severiano. El aserradero ocultaba lesiones porque el comandante Luján alteraba reportes. Junto a la fábrica funcionaba el Centro Médico La Esperanza, donde un doctor recetaba tramadol, clonazepam y otros fármacos controlados sin seguimiento. Varias muertes por sobredosis habían sido registradas como infartos por un médico legista que jugaba dominó con Severiano cada viernes.

Ximena, hija de Julián y prima de Luna, entregó el video original. También reveló dónde guardaban una contabilidad paralela, qué camioneta transportaba sobres de efectivo y qué noches llegaban funcionarios a la hacienda.

El equipo no robó documentos ni intervino teléfonos. Buscó la versión legal de cada secreto.